La pasión por los
piercing llega hasta límites insospechables. Pero por esta vez no se trata de piercing, ¡ojalá se tratase de piercings! El hombre de la foto de arriba, tiene más agujeros que el queso gruyere, y puedo asegurar que es un hombre valiente, porque hacer lo que ha hecho tiene mucho mérito... y sobre todo, valor.
A ojo de buen cubero, cuento apróximadamente unas
treinta agujas, puestas en cualquier lugar en el que haya carne suficiente como para hacerlo. El resultado, el de la foto; cerrar la boca le supondría una decisión fatal, y cualquier otro tipo de gesto con la cara también, sólo hay que ver su ojo izquierdo (para nosotros, el derecho) como de comprometido está. ¿Y por qué lo ha hecho? Seguramente para decirle a su mujer que la quiere hasta el infinito y más allá o bien, porque le va el
sadomasoquismo.